Una mujer acudió a un anciano sabio (en algunas versiones un médico taoísta o maestro de Qigong) que vivía en una montaña. Llevaba meses sufriendo un dolor de cuello insoportable y una rigidez extrema que ningún remedio ni masaje lograba calmar. Estaba desesperada y agotada.
El anciano la observó caminar, la miró a los ojos y, sin tocarla, le dio un diagnóstico fulminante que la dejó helada:
— Tu problema no está en los músculos ni en los huesos. Tu dolor de cuello se debe a que tienes la cabeza desconectada del cuerpo.
— Tu problema no está en los músculos ni en los huesos. Tu dolor de cuello se debe a que tienes la cabeza desconectada del cuerpo.
La mujer, ofendida y confundida, exclamó:
— ¿Cómo va a ser eso posible? ¡Si estuvieran desconectados me habría muerto! Mi cabeza sigue aquí, encima de mis hombros.
— ¿Cómo va a ser eso posible? ¡Si estuvieran desconectados me habría muerto! Mi cabeza sigue aquí, encima de mis hombros.
El anciano sonrió con calma y le explicó:
— Físicamente lo están, pero tu energía y tu conciencia no. Vives atrapada por completo en tu cabeza: pensando en el futuro, preocupándote por el pasado, analizando, juzgando y rumiando problemas sin parar. Mientras tu cabeza viaja a mil kilómetros por hora en tus pensamientos, tu cuerpo está aquí, quieto, abandonado y cargando con toda esa tensión.
— Físicamente lo están, pero tu energía y tu conciencia no. Vives atrapada por completo en tu cabeza: pensando en el futuro, preocupándote por el pasado, analizando, juzgando y rumiando problemas sin parar. Mientras tu cabeza viaja a mil kilómetros por hora en tus pensamientos, tu cuerpo está aquí, quieto, abandonado y cargando con toda esa tensión.
El sabio continuó:
— El cuello es el único puente que une tu mente con tu cuerpo. Al estar tan separados el uno del otro por tu ritmo de vida, el puente se tensa, se tuerce y se inflama para llamar tu atención. Tu dolor de cuello es el grito de ese puente, exigiéndote que bajes de la mente y vuelvas a habitar tu cuerpo.
— El cuello es el único puente que une tu mente con tu cuerpo. Al estar tan separados el uno del otro por tu ritmo de vida, el puente se tensa, se tuerce y se inflama para llamar tu atención. Tu dolor de cuello es el grito de ese puente, exigiéndote que bajes de la mente y vuelvas a habitar tu cuerpo.
Finalmente, el anciano no le dio medicinas, sino un único consejo:
— Cada vez que te duela, cierra los ojos, respira y lleva tu atención a los pies. Siente el suelo. Siente tus manos, tu pecho al respirar. Deja de pensar y empieza a sentir. Cuando tu cabeza y tu cuerpo vuelvan a encontrarse en el presente, el puente dejará de sufrir.
— Cada vez que te duela, cierra los ojos, respira y lleva tu atención a los pies. Siente el suelo. Siente tus manos, tu pecho al respirar. Deja de pensar y empieza a sentir. Cuando tu cabeza y tu cuerpo vuelvan a encontrarse en el presente, el puente dejará de sufrir.
En la filosofía taoísta, el dolor físico suele verse como un bloqueo de energía (Qi). Cuando sufrimos de exceso de intelectualismo, estrés o rumiación mental, toda la energía se acumula en la parte superior (la cabeza), colapsando las cervicales. El dolor es el recordatorio del cuerpo de que hemos dejado de «ser» para pasar a «pensar» demasiado.

